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  • Miguel Esteva Wurts

Gorda


Siendo que estábamos ya tan próximos a que fuera el día de la elección, y a que uno -ante todo- es un caballero, no le dije que se veía mucho mas gorda. Pero lo estaba. Mucho mas gorda, pues. “Y como no voy a encontrar cobijo en la comida” me dijo. Ella, en particular, había sufrido horrores con la separación. Nunca la culpé, claro, habiéndose enterado como se enteró. Al final supongo que todos hacemos lo que podemos cuando nos enfrentamos a nuestro destino.

A la pobre, ese desprendimiento simplemente desenredó su vida y cuando se dio cuenta de su predicamento, se dedicó, literalmente, a tragar.

Al principio no fue así. Trató de mantenerse fuerte: “no crean, lo hago por mi misma” nos decía, haciéndose la fuerte, al grupo de jogging. Se alejó del alimento e hizo el esfuerzo de correr junto con nosotros. “Trato de mantener mi figura juvenil” nos decía. Ponía dura la cara para no soltarse chillando. Pero cuando se dio cuenta de cuan inútiles eran sus esfuerzos, dejó de acompañarnos y dedicó sus días a comer. Se dio por vencida. Se dejó ir, para que me entiendan. A mi me tocó estar con ella unas semanas antes de que eligieran, cuando el pánico nos traía a todos con los pelos de punta, por decirlo de alguna manera.

Lo primero en lo que me fije cuando la vi después de un tiempo de no verla, fue en el tamaño de sus muslos. No había como evitar el verlos: carnosos y redondos. Pero mi mirada también se atascó en lo exuberante de su pecho. Se desbordaba totalmente. Pero como dije, ante todo, uno tiene cierta educación. Permanecí callado, sin comentar en la inmensidad de sus atributos, tratando de mantener la vista enfocada en sus oscilantes y nerviosos ojos negros.

Hay que admitir que su humor le cambió cuando aceptó su nuevo estado. Estuvo días enteros de andar dicharachera y alegre, pavoneándose de su nuevo tamaño. Eso si, clavando el pico para comer a toda hora.

—Mira— me dijo un día, ya para cuando ocupaba un volumen de como del doble de cualquiera de los compañeros del jogging—hay que aceptar lo que uno es y a donde va a parar uno.

Fue la primera en ser escogida, por supuesto. En esos últimos días, vivía perenne comiendo. Por extraño que ahora me parezca, llevaba yo días sin verla cuando se la llevaron. Supongo que habrá sido porque estaba extraviada entre ese grupo que se la pasaban todo el día picoteando en el comedero.

Para cuando pasó el día de la elección, los pocos que aun quedábamos, nos reunimos a recordar a aquellos que se habían llevado. Pocos la ubicaban, pero para mi resultaba imposible el no acordarme de todo lo que vivimos. Rompimos el cascarón casi al mismo tiempo, caminamos nuestros primeros pasos juntos. Todavía recuerdo como, dentro de la incubadora y debajo del foco rojo, nos reímos al ver nacer las primeras plumas en nuestras crestas. Aparte, fue con ella con quien primero leí el letrero en el camión que decía “Pavos jugosos de La Granja Doña Teresa - esta Navidad, del campo directo a su mesa”.


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