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  • Miguel Esteva Wurts

Hagas lo que hagas


—Hagas lo que hagas, nunca permitas que se rompa la alcancía. Es tu encargo.

Era muy niño cuando se lo dijo Abuela. Mucho antes de que llegaran. La alcancía era un cochinito de barro, con ojos negros redondos inexpresivos, orejas puntiagudas, nariz pintada en rojo, cuatro patas blancas que apenas la sostenían.

La abrazaba cuando entraron. No se dio cuenta. Lo agarraron por detrás, le taparon la boca, lo cargaron y se lo raptaron. No tuvo tiempo de despedirse de Abuela. Cuando se lo llevaban, solo sintió un aliento frío y estéril.

Ya había pasado mucho tiempo de eso. De donde vivía, solo se acordaba de la miscelánea que estaba a la entrada del pueblo. De Abuela, ya no guardaba memoria.

En sus andares, cuando encontraba monedas, las metía al cochinito. Protegía la alcancía con sarapes que se iba encontrando. Lo traía envuelto, para evitar que se quebrara.

—Tu cochinito me da no sé, como que miedo Coyote.

Elchif lo bautizó como Coyote porque aulló semanas enteras cuando se lo llevaron.

—Solo no te dejamos por ahí porque así nos lo pidió la Bruja.

Pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta de que era a Abuela a quien le llamaban Bruja. Para ese entonces, ya no se acordaba de cuando vivía con ella.

Entre ellos, no conocían sus nombres de pila. Eran Elchif, Pilas y Coyote. Llegaban otros, muchos otros, pero ahora solo quedaban ellos tres. Cargaban sus encargos de cuando se los habían llevado: el cochinito de Coyote, Elchif una figura de una mujer de porcelana blanca y Pilas una jarra de vidrio, de las que se usan para servir agua en la mesa.

Merodeaban por pueblos, cual lobos hambrientos, raptándose chamacos. Elchif los guiaba. Era el mas viejo, el que llevaba mas tiempo en el camino. Algunas veces, se los encontraban jugando, otras veces se los llevaban mientras dormían. Algunos lloraban, otros no decían nada, caminando en silencio, comiendo de lo que sobrara. Los que cuidaban sus encargos duraban mas tiempo. Los demás desaparecían de repente, Ahora solo quedaban ellos tres.

Una vez, Coyote preguntó. —¿Dónde se van, Elchif?— Elchif rezongó. Coyote sabía cuando se iban porque escuchaba algo resquebrajarse. Luego, sentía un viento frío y estéril soplar por en medio de ellos. Sucedía cuando obscurecía. —Solo cuida tu cochinito— le espetó. Por eso, cada vez que pasaban por alguna casa, Coyote se pescaba mas frazadas con las cuales envolver a su cochinito.

Algunas veces, parecía que andaban sin rumbo. Cruzaban las mismas nopaleras una y otra vez. Caminaban por entre los maizales cuando la mazorca estaba naciendo, para meses después, robarse el elote del mismo sembradío.

Comían mientras caminaban. Cuando se cruzaban con algún animal, lo perseguían corriendo hasta que el animalito se desplomaba, muerto de cansancio. Lo devoraban en silencio, arrancándole sus extremidades cual zopilotes.

Recién arribaban, algunos niños se quejaban de andar descalzos.

—Me sangra.

—Me duele.

—Me pica.

Eran los que mas rápido se iban. Los que se lamentaban. Otros, se quejaban del frío, de cuando helaba. Veían los sarapes con los que Coyote tenía envuelto a su cochinito con ganas de llevárselos y taparse. Esas noches, las de frío, Coyote mantenía el ojo pelado para que no le fueran a robar sus sarapes. Cuando había necesidad, peleaba con los que querían robarle sus sarapes, los golpeaba hasta que no tuvieran de otra mas que aceptar el dormir con frío. Pero ahora solo quedaban ellos tres.

Una noche, los tres terminaron en las faldas de un cerro en plena sierra.

—Mañana llegamos— anunció Elchif.

Así les avisaba cuando llegaban a algún poblado. Apenas pisaban las calles, alzaba la nariz. Olfateaba.

—Allá—.

Señalaba cuando detectaba la casa. Se movían como sombras, pegados al piso, a las paredes, abrazando árboles y postes de luz.

Esa noche, en las faldas del cerro, pegó fuerte el frío del sereno.

—Anda Coyote, presta uno de tus sarapes. Tu cochinito no necesita tantas.

—Anda, solo por hoy.

Elchif y Pilas suplicaron. Titiritaban. Pero Coyote les gruñó que no. Se alejaron. Habían visto su fuerza cuando peleaba con los otros. Era el quien arrancaba las patas al conejo, al tlacuache, o al cuati, para quedarse con la mayor tajada.

Entrada la noche, Coyote los escuchó. Peleaban. Gritaban palabras inteligibles, mezcladas entre gruñidos roncos, como de cerdo. Sus ruidos y sus sombras parecían estarse acercando cada vez mas donde Coyote. Perfecto oía como se arrancaban el pelo, se golpeaban y se enterraban las uñas, sacándose gajos de piel desnuda. Se revolcaban a los pies de Coyote. La pelea era algo nuevo. A pesar de haber caminado hambrientos y cansados, nunca antes se habían peleado.

Coyote los empujó cuando se acercaron demasiado. Rodaban como un solo cuerpo. De una empellón los alejo de su cochinito. Giraron directo donde estaban sus encargos, la mujer de porcelana, la jarra de vidrio. Coyote sintió el viento, frío y estéril rodeándolo.

—¿Sabes quien soy?

Estaba solo. Abuela parada frente a él. Asintió.

—¿Sabes entonces, el trabajo que hay que hacer?

Recogió al cochinito envuelto entre los sarapes. Caminó un largo rato hasta estar parado en una calle. Había siete chozas, el camino era de tierra. Un solo farol iluminaba el poblado. A medias. Alzó la nariz. Olfateó. Supo de inmediato donde ir. Entró a la choza. Una mujer dormía, tres bultitos a su lado. Tapó la boca del bulto de en medio. Dormía abrazando un florerito de cristal.


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