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  • Miguel Esteva Wurts

¿No tienes miedo de que regrese y no te quiera mas, verdad Gordo?


No pensé que fuera la última vez que la vería, ¿saben? Tantos años llevaba saliendo ella de viaje que nunca crees que puede ser la última. Cierto, después de alguna pelea, algo dentro de mi deseaba que fuera la última vez en querer verla salir de la casa. Pero creo que allí se quedaba, en pensamiento. Lo único que estuvo distinto esa última vez fue que cuando se subió al Uber, se volteó y me dijo algo que hacía mucho no decía: ¿No tienes miedo de que regrese y no te quiera mas, verdad Gordo?

Lo nuestro fue lo clásico. Como le explicó Harry a Sally, ¿ubican? Los primeros meses la llevaba yo al aeropuerto, estacionábamos el coche, caminábamos de la mano hasta la sala y me quedaba viendo despegar su avión. Luego, al cabo de unos meses, ella fue quien me dijo: Gordo, no creo que sea necesario el que me lleves, mejor me voy en taxi. De cualquier manera, iba a recogerla. Siempre regresaba en el vuelo del viernes por la tarde. Una tarde me dijo: no te preocupes Gordo tomo un Taxi de regreso y nos vemos en la casa. Con la llegada de los niños, el ir y venir al aeropuerto fue mas complicado. Algunas veces, me despertaba yo junto con ella en las madrugadas que partía, y antes de que llegara el taxi, le preparaba su café, nos despedíamos en la puerta de la casa. Pero con el paso del tiempo, ella optó por levantarse en silencio, ducharse y vestirse sin despertarme, despedirse de mi desde la puerta, con un beso aventado. Duérmete un rato mas Gordo, me susurraba la noche antes de irse, yo duermo en el avión. Con los hijos ya mayores, viviendo fuera de casa, me enteraba de la Ciudad donde iba solo si lo leía en su blog, cosa que solo hice en muy contadas ocasiones. Mientras andaba fuera, cruzábamos tres ó cuatro mensajes utilitarios por el Whats, ya saben: dejé albóndigas en el refri; tenemos boda el sábado; ó, lleva mi abrigo gris a la tintorería. En eso se convirtió lo nuestro.

Siempre supone uno que fue un avionazo, ¿no? Cuando contesté el teléfono, me lo soltaron de un sopetón. Disculpe Señor, me dijeron, hubo un accidente con su esposa. A ver, si tiene donde apuntar le paso los datos para que vaya por ella. Así nomás. Me dictó la información de la morgue como si estuviera pidiendo una pizza, y me colgó sin explicarme mas.

Por favor que haya sido algo rápido, recé, que haya estado dormida cuando sucedió todo, que ni cuenta se haya dado.

Pero no había noticias sobre avionazos.

Me metí en su blog para ver su destino. La última entrada está fechada de hace mas de cuatro años. Visita a Tierra de Narcos, era su encabezado. Leí su blog: El zócalo de la Ciudad lo encuentro abandonado. La basura: periódicos, bolsas de papas y de Súper, se arremolina en las cuatro esquinas del zócalo. No hay ni vendedores, ni músicos, ni tiendas abiertas, ni coches circulando. A pesar del sol, tengo frío. El del motel me lo advirtió: mejor ni vaya Señora, hay demasiadas balas que se pierden. Pero mi trabajo es reportar, así que de aquí escribo. El del taxi me dejó a cinco cuadras. De aquí yo ya no paso Señora, me susurró, demasiados Narcos sembrando fantasmas. Caminé cinco cuadras sin cruzarme con nadie. Escribo sentada en una de las bancas de la plaza, de las metálicas, de las que ponen debajo de los árboles para que los viejos descansen y los jóvenes echen novio. Siento que aparte del silencio, hay algo mas que hace falta. No hay perros callejeros, ni palomas, ni ardillas merodeando. Llevo sentada un buen rato, sola en esta banca, y aparte de la soledad, no hay nada que asuste

La entrada del blog termina allí. No hay ni punto final que cierre esa última oración.

Hablé por teléfono a la morgue. Déjeme buscar, me dijeron. El papel sudado donde apunté el número de teléfono temblaba en mis manos. Mientras esperaba en la línea, repetí cual zombie los pendientes semanales que me dejó: regalo de cumpleaños de Mamá; croquetas para Sultán; vienen los de las ventanas. Como invocado, escuché la ventana de la cocina azotándose con el viento. Encendí la tele otra vez, buscando una interrupción en su programación con información. Pero solo estaban los programas matutinos, los que me ponen mal con tanta alegría. Me metí de nuevo al blog. La foto de ella es una de cuando apenas empezaba a escribir sobre sus visitas, con su sonrisa despreocupada, ¿sabe? Si cierro los ojos, todavía escucho su voz, de cuando nos despedíamos en la sala de abordar, ¿No tienes miedo de que regrese y no te quiera mas, verdad Gordo?

Tantito Señor, Ud. tranquilo aquí sigo buscando, me dijo el de la morgue. Su voz me regresó a la recámara. En ella observo cosas en las que no me he fijado desde hace mucho tiempo: una foto de nuestra ida con los hijos a Veracruz, una alcancía de cochinito de barro que ya esta llena, un búho de madera tallada que me regaló cuando terminé mis estudios. Me acuerdo el haber pensado que le tengo que pedir a Juanita que sacuda tanto polvo.

—Así nos lo encontramos Juez, en su ropa interior, sentado en la cama, teléfono celular en la mano, todo sangrado. El cuerpo de la Doña en la cama, descomponiéndose. Si por eso nos llamaron los vecinos. Ya sabe Juez, las visitas y los muertos…

—Si, si, ya sé Oficial. ¿Avisaron a los hijos?

—¿Qué hijos, Juez? Si ni hay nadie. Ni hijos, ni blog, ni viajes. Nada.

—A caray, ¿Y el quien es?

—No, pos’ igual, nadie Juez, solo alguien quien ella se pescó en la noche.

—Mal día—dijo el Juez,—con tanto disfraz, la noche de muertos siempre es mal día para pescarse a alguien en la noche, que ni que.


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