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  • Miguel Esteva Wurts

Mandalorian


El pasado viernes me postré junto con Gusano a ver la del Mandalorian, porque andaba duro que dale con que Disney+, que Star Wars, que el Yoda bebé -a ese de veras que te lo quieres comer de lo tierno, aunque no sé que tan popular sería un ‘Yoda á l’orange’ entre veganos tatooinos- así que, y en contra de todos mis instintos, saque la AmEx y ahora, por la friolera de siete dólares al mes -a menos de que corte la subscripción para antes del viernes por ahí de las 7:00pm-, aparte de Netflix y Amazon, ya contamos con el Disney+ por si se nos antoja ver esas películas que dejamos de ver hace años, esas que uno hubiera pensado que con verlas ciento catorce veces cuando los tres eran niños fue más que suficiente. Total, me senté a ver al Mandalorian, un caza recompensas quien como por tres monedas salta entre planetas buscando malos, pero eso sí, respetando el código de “los suyos” de andar con el casco puesto todo el tiempo sin quitárselo para nada, causando el que yo, como padre de tres adolescentes, lo que más me preocupara con esa necedad de no quitarse el casco eran los granos en la cara, y el pelo que debe ser un asco sudado debajo del metal. No obstante, el Mandalorian se hizo acreedor de todo mi respeto porque a pesar del casco, de que gruñe dos palabras por capítulo, de que no lleva flores ni escribe cartas ni se cae de simpático -que las mujeres siempre alegan es taaaaan importante- se liga una mamá(cita) con la que se topa en un planeta de esos que vivían en paz, aunque claro, resulta que lo único que ella quiere es quitarle el casco, seguro igual de consternada por la grasa facial.


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