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  • Miguel Esteva Wurts

Elisa Irina vuela sobre Santa Lucía


El C-47 había subido lento. Ya arriba, apenas parece querer quedarse a flote, sus hélices rebanan las nubes que luego desaparecen a su paso. Vuela malhumorado, como si hubiera preferido haberse quedado en tierra, pasar sus días dentro de su cueva, su hangar.


Es una bestia torpe, pesada, un albatroz.


En su interior la nave es un galerón destripado. No hay asientos, no hay pasillo central, no hay luces indicando el camino a los sanitarios.


No hay sanitarios.


La obscuridad interna se resalta por los hachazos de luz que se cuelan por entre las láminas mal soldadas a las ventanas cuadradas. Del techo cuelgan unos cinturones de cuero, tentáculos, ajustados con unos ganchos metálicos en sus puntas que chocan en clacks con el movimiento del avión.


El número de la matrícula, el 6006, esta pintarrajeado sin esconder por completo la marca de la aerolínea original, Pan American Airways System.


En el panza de la bestia, dentro de su galerón metálico, hay catorce soldados, hombres endurecidos, ojos sombreados con camuflaje negro, frente marcada con sudor, pelo cortado al ras. Sus uniformes están sucios, salpicados de tierra, pasto, sangre. No hubo ni tiempo ni ganas de mudar uniforme. Los cascos, enlodados, los llevan puestos. Tampoco hay dónde colgarlos, ni manera de dejarlos a su lado sin que se rueden por el piso del fuselaje del C-47. Llevan sentados un rato, recargados contra las entrañas, las metálicas paredes curvas y frías del aeroplano. Traen colgados del hombro sus M16, listos para cualquier cosa, como si los dos bultos arrumbados en el piso de la aeronave fueran a levantarse y pelear.


Pelear.


El comandante se ríe ante el recuerdo. Ni siquiera cuando se los encontraron en medio de la selva dieron pelea. Se rindieron sin decir pío, se doblaron, dejaron sus rifles entre los matorrales, levantaron las manos, se entregaron. Ni pío dijeron.


“Los encontramos así mi general, todos huarapastozos, apestosos, hambreados”.


El comandante ya tenía planeado hasta lo que le iba decir a sus superiores al entregarlos. “Ni siquiera se nos antojo la vieja”, agregaría.


A pesar de esa falta de apetito, todos se regalaron su rato con ella. El bochorno de la selva, pensó el comandante, tantos días sin conocer mujer. Él, por supuesto, fue el último en disfrutarla.


Al jipi barbudo lo ataron.


“Amárrenlo bien al cedro aquel”, les ordenó el comandante, “lo dejan viendo hacía acá y no lo dejen cerrar los ojos para que vea cómo lo hacen los hombres de verdad” les dijo mientras se bajaba los pantalones.


En la cabina del C-47 el comandante está sentado en el asiento detrás del piloto y del navegante. El vuelo estuvo tranquilo, sin sobresaltos ni turbulencia. Mientras volaban, el comandante fue varias veces a verificar el que los bultos todavía estuvieran allí, como si los bultos hubieran tenido la capacidad de levantarse, caminar, escaparse. Las primeras veces que el comandante había ido a las tripas del avión, los soldados, los que estaban sentados recargados contra las paredes de la aeronave, se levantaban, mostrando respeto. Al final, unos ya solo lo observaban sentados, otros preferían hacerse los dormidos.


En la parte de atrás de la panza metálica del C-47, hay un costal de henequén, empacado con artículos que el comandante consiguió, para su familia, la tarde que llegaron al puerto. El costal de henequén lo anduvieron cargando por toda la selva. No que estuviera muy lleno: un par de quesos holandeses de los de bola, de esos envueltos con cera roja, que no se conseguían tan fácil en la capital; unos cochecitos ingleses de juguete para su hijo mayor; un par de muñequitas de trapo para su muñeca, y unos vestidos blancos para su señora, huipiles, de esos que ahora se habían puesto tan de moda. Los huipiles los había conseguido en un pueblo rascuacho donde no había nada excepto unas mujeres bordando.


Prácticamente me los regalaron, pensaba orgulloso el comandante. Nomás vieron el uniforme, las insignias, y se lo habían dado sin un intercambio formal.


Respeto, pensó el.


Téngalos y nomás váyanse, pensaron ellas.


Los huipiles los guardó con cuidado dentro del costal de henequén.


Los dos bultos vienen enroscados, atados, inmóviles. Apestan.


Ridículo tanto operativo para capturar a estos dos, había pensado el comandante.


Pero los de la cúpula no se andaban con chiquitas.


Que lleguen vivitos y coleando, le habían ordenado.


La orden fue porque ciertos bultos anteriores habían llegado, digamos, no tan vivos. Por eso el comandante no quería que este par se le felpara en pleno vuelo, sobretodo después de tanto trabajo para encontrarlos en la selva.


Al bulto que está más cerca de la cabina le da un puntapié con la bota. Siente cómo se le sale el aire al bulto, como balón desinflándose. Escucha un ligero resoplido. ¿Te andas quejando?, le grita. Su única respuesta es el gruñido golpeado de las hélices del C-47.


Un par de los soldados se ríen.


El otro bulto, como si hubiera entendido que lo único que se busca es evidencia de vida, se menea, arquea la cabeza, quizá tratando de enderezarse, quizá intentando encontrar una posición un poco menos incómoda. Las cabezas de los bultos las habían envuelto con las camisetas que llevaban puestas cuando los arrestaron. Las envolvieron bastante holgadas porque la orden había sido que no bastaba el que los trajeran vivos, sino que los querían sin marcas, ni huellas, ni golpes visibles.


Los catorce sienten de inmediato el inicio del descenso del C-47 en la boca del estómago. Se levantan para agarrarse de los cinturones, los que penden cuál tentáculos del techo. Uno, que estaba medio adormilado, se tambalea cuando se intenta levantar, hincando su M-16 en la barriga metálica del fuselaje para no caerse. Al abordar, el comandante les había ordenado el que le quitaran el cartucho a sus eMes16 para evitar que sucedieran pendejadas en el aire. Después del tropezón, los catorce ya no se sueltan del cinturón. Hay un par que se colgaron de dos cinturones que los hace parecer changos.Luego se dan cuenta de que esto los desbalancea más.


Desde la cabina, el piloto les grita que están a cinco minutos de aterrizar.


No les dice el nombre de la base. Todos lo saben. Todos lo conocen.


Por eso prefieren volver a cargar sus eMes16 con los cartuchos. Estar armados, por si cualquier cosa. Como si una arma de fuego sirviera en contra de las historias que rondaban por la base.


Pista maldita, piensan.


Han escuchado las historias de la base, de la pista, del aeropuerto.


Maldito. Maldecido.


Enroscada y desnuda, Elisa Irina empieza a temblar. Sin que ella se diera cuenta, su cuerpo se había enfriando durante el vuelo, pero fue hasta que comenzó a descender el C-47 que empezó a temblar, como si una mano ajena la estuviera sacudiendo, despertándola del estupor al que había caído cuando habían sido capturados. A pesar de la temblorina, la tranquilizó el percibir qué Raúl seguía vivo. Vivo, y a su lado.


La forzaron a verlo cuando lo agarraron a madrazos, recién los capturaron. “Ni me lo magullen, ni me lo maten” había gritado el comandante. Aun así, lo golpearon en la cabeza y algo le sacudieron de más. Ella ya estaba como trapo húmedo y sucio cuando ataron a Raúl al Palo de Rosa -era Palo de Rosa, no cedro como el comandante había dicho- y lo terminaron de golpear. Sintió luego, una decena de manos quitándole, no, no quitándole, arrancándole la ropa como canes urgidos. Ella se forzó a abrir los ojos y verlo a él mientras uno tras otro la penetraba, la manoseaba, la golpeaba. Ella se forzó a susurrarle, a gemirle más bien, de que todo estaba bien, de que no se preocupara, de que esto no era nada, de que todo iba a estar bien, de que lo amaba del cielo a la tierra. Del cielo a la tierra, le repitió, del cielo a la tierra. Ya cuando los catorce y el comandante habían saciado su violencia dentro de ella, los siguientes minutos horas días, pasaron en una neblina de olores y claroscuros que pareció acabar hasta cuando sus dos cuerpos, ya embultados, chocaron y se juntaron en el frio interior de la aeronave al inicio del descenso.


Nos van a aventar al mar, había pensado. Pero cuando su cuerpo empezó a temblar y sintió el descenso del C-47, supo que no sería así. Aquí seguían y ya iban a aterrizar. Quizá tendremos suerte, pensó.


Una ligera turbulencia hizo saltar a los dos bultos, dejándolos más cerca uno del otro. Ella reconoció sus resoplidos. No eran exhalaciones nerviosas, era el aspirar de pulmones buscando oxígeno. Tranquilo tranquilo mi amor, le dijo, que todo va a estar bien ya verás. Pero él no le respondió. No porque él no hubiera deseado. En esta vida, ya no le respondería nunca jamás, ni a ella, ni a nadie. A pesar del silencio, ella continuó, le dijo que no tuviera miedo, de que cuando al menos estaban juntos, de que nomás escuchara el sonido de su voz, de que siempre estarían juntos, de que tu tranquilo mi amor, tu tranquilo. Tu tranquilo.


Su propio tono de voz le hizo recordar a cuando contaba cuentos, cuando aun era maestra de niños de kinder y dejaba que los niños -mis niños, como les decía orgullosa- alargaran unos minutos más su siesta, ella leyéndoles la historia de algún libro, o platicándoles algún cuento de cuando ella era niña. Su voz la hizo recordar esos días cuando ella les decía, anden mis niños, saquen sus cobijitas del closet, acuéstense, cierren sus ojitos, y ella aprovechaba para contarles un cuento en aquella voz con la que sus niños luego soñaban.


El cuento y la siesta duraban veinte minutos, algunas veces más.


Su voz.


Arrumbada a su lado, empezó a contarle un cuento, uno de los muchos de los que se acordaba, de esos que parecían enredarse, ir y venir sin rumbo determinado, cargarlo a sitios donde había hadas y flores, príncipes y princesas, soles rozagantes, nubes juguetonas, ranas parlantes y una lluvia renovadora, y que de repente, sin que fuera esperado, dejaba que la historia se deslizara a un final feliz.


Sus cuentos siempre llegaban a un final feliz.


Ahora, su voz se escurre por debajo de la camisa con la que la tienen tapada, camisa que huele a selva sudor miedo. Por la respiración que escucha, sabe que sus palabras llegan a su amado, que lo transportan a él, que lo separan del C-47, lo sacan de la panza de la bestia, de aquel fuselaje gélido, que lo alejan de los golpes que todavía acalambraban su cuerpo y que lo tienen retorciéndose del dolor, que le permiten olvidar de la visual de ver como cada uno de los catorce soldados y luego el comandante, se habían tomado sus turnos con ella.


Dentro del estómago del C-47 solo se escucha la voz de Elisa Irina.


Enroscado, embultado, aturdido, lo que queda de él se concentra en la voz de su amada, apartándose así del dolor, del miedo, del olor al semen ajeno que ella exude, de esa imagen de ella aguantando los embates del comandante y de los catorce soldados, imagen que de no haber sido por la voz y los cuentos, permanecería con él como el último recuerdo que jamás tendría de ella.


La turbulencia del descenso obliga a que, en espasmos, el C-47 suba, baje, suba. Los catorce soldados, valientes, hombres endurecidos, guerreros, esos que habían disfrutado de la maestra de kinder entre aullidos alharaca porras y risotadas, ahora se aferran con terror a los cinturones que, cuál tentáculos, caen del techo.


Temen. Conocen las historias acerca de la base.


La turbulencia los acerca, los aleja, les muestra en lo que se van a convertir.


Elisa Irina sigue contando cuentos. Habla sin detenerse, sin necesidad de incrementar volumen. Su voz se escucha por encima del golpe de las hélices que mantienen a flote el C-47, por encima de las ráfagas de viento, por encima de los alaridos de rata de los catorce soldados ahora chillando con terror.


Solo la voz de ella los calma, y poco a poco, uno por uno, caen dentro de los tejidos embrujados de los cuentos, perdiéndose con el sonido de su voz, por la historias que parecen no tener final y que provienen, una tras otra, del dulce sonido de las palabras que salen por debajo de la camisa.


Las bolsas de aire no ceden. La turbulencia arremete. El C-47 asciende, desciende, se mece. Es una panga en un norte en altamar. Una panga esperando al Kraken.


El piloto busca desesperado un espacio de tranquilidad donde aterrizar mientras que el comandante se arrastra para atrás, a verificar a los bultos. Se me pelan ahorita, piensa, ¿y todo ya para qué?


¿Para qué?


En la pista, las historias que cuentan son de comandantes condenados, soldados colgando de cinturones, de nombres olvidados, almas enviadas al purgatorio, flotando en el limbo, fantasmas vagando por entre los hangares de aquella base maldita.


Pero Elisa Irina.


Elisa Irina. Ella sigue contando historias. Cuenta acerca de pueblos esclavizados, de hombres valientes, de mujeres brillantes, gente libre, mujeres valientes, hombres brillantes. Cuenta acerca de traiciones, de amores, de luchas, de gente desencadenada, de venganzas, de triunfos. Relata sus cuentos sin detenerse, sin tregua, sin descanso, su voz navegando por encima de cualquier tormenta, destruyendo a la bestia que la carga. Cuenta acerca de una niña violada, de una mujer castigada, de dioses celosos. Cuenta acerca de una isla, de un castigo, de miradas que petrifican, de mentiras, de espejos. Cuenta de libros ya escritos, de historias vividas, de futuros que no existen, de cuentos que una vez conoció, de los que sucedieron, de los que jamás sucederán.


Pero más que nada, Elisa Irina cuenta historias de amores eternos.


--



[Elisa Irina Sáenz Garza] maestra de kinder, soñadora, luchadora social, miembro del FLN. Capturada el 24 de marzo de 1974 en la Selva Lacandona. Torturada, violada, desaparecida.

Trasladada a la base militar de Santa Lucía, ahora Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) el 1 de abril de 1974, a bordo de un avión C-47 de la Fuerza Aérea Mexicana, matrícula 6006.

A esa base arribaban los C-47 cargando, ya fueran vivos o muertos, a las víctimas de la Guerra Sucia.

De allí se la llevaron al Campo Militar No. 1, donde fue otra vez torturada y violada. Allí desapareció.

Así.

Desapareció.

A Elisa Irina la desaparecieron aquellos que a la fecha se aferran a su adorado Poder. Quédense con él, les decimos, nosotros nos quedamos con nuestras historias, nuestras voces, nuestros cuentos.

A Elisa Irina y a Raúl Enrique Pérez Gasque -su esposo- los buscaron sus mamás. Todos los días del resto de sus vidas, sus mamás salieron a buscarlos, nunca dándose por vencidas, buscando, buscando, buscando hasta que fueron sus hijos, Elisa Irina y Raúl, quienes encontraron a sus ya ancianas madres, las abrazaron, las embadurnaron de besos, y se las llevaron con ellos, allá, donde ya no hay dolor, solo cuentos.

Sus cuerpos siguen desaparecidos.

Es sobre esa maldita base militar, el ahora Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), donde tratan de que olvidemos a quienes desaparecieron, enterrándolos debajo de una nueva pista de asfalto, de tlayudas y de las estúpidas fanfarrias.

Allí, sobre esa maldita base militar, vuela Elisa Irina.

Vuela junto con tantos otros.

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Acá eso de ‘thoughts and prayers’ - pensamientos y rezos, les encanta. Apenas hay una tragedia, todo es ‘thoughts and prayers’. Las detesto. Ridículas. Lo único que traen consigo esas palabras son otr