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  • Miguel Esteva Wurts

allá vamos


Estaba ya acostado en la cama leyendo ayer en la noche cuando AnaP se paró frente a mí y me anunció que estaba preocupada. Así nomás, estoy preocupada, me dijo con cara de que estaba preocupada. Con eso de que ando muy adentrado leyendo ‘Yo, Julia’ de Santiago Posteguillo que trata acerca de Julia Domna, esposa del Emperador Romano Septimio Severo, mujer con ambición desmedida para dominar ‘urbi et orbi’, pensé por un momento que AnaP me iba a preguntar donde conseguiríamos tropas para invadir Antioquía, o como mínimo, ocupar el jardín de nuestra vecina, quien creemos no anda en su casa, y que, o anda secuestrada por Aliens o se fue de vacaciones, porque hace semanas que no la vemos. Pero no, los planes acerca de una futura invasión no estaban en su mira, porque en vez AnaP me anunció que tenemos que estar preparándonos para nuestra vejez, que porque anda con miedo de que ya suceda y que nos agarre desprevenidos y que cuando lleguemos haya, entre otras cosas, escasez de pañales para adulto, que después de la crisis de la leche para bebés acá, es una posibilidad.


Ésta preocupación surgió porque acabamos de regresar de la CdMx donde visitamos nuestro consejo de mayores, mis papás, suegros, y los tíos de AnaP, donde estos últimos anunciaron de que se quieren salir de la casa de retiro donde se mudaron el mes pasado, regresar a su departamento para luego mudarse -por ‘temporaditas’- por allá y por acá, cosa que yo no lo veo como de lo más aconsejable por lo del costo del cuidado, pero pues yo que voy a saber, yo solo vivo acá, no allá. No los culpo (a los tíos) porque la casa de retiro donde vivían es fría pero poco acogedora, o sea vamos, está del nabo, a pesar de que la promocionan como de a todo lujo. Algo hubo con el lugar que nomás no nos hizo click ni a AnaP ni a mí cuando fuimos a comer con sus tíos, algo más allá de que tuve que dejar la mitad de la rodaja de salmón a la plancha que me pusieron en el plato porque se veía, aparte de cruda, como que lo habían pescado hace ya tiempo en las aguas salvajes del Bordo de Xocihiaca. AnaP discutió con Cora acerca de lo factible de la nueva mudanza de sus tíos, pero creo que el asunto ya está decidido, solo es cuestión de empacar chivas y transportarse.


Claro, la preocupación de AnaP acerca de nuestra inminente vejez me alebrestó lo suficiente como para ya no poder regresar a concentrarme en la épica conclusión de la Batalla de Issos entre Septimio Severo y Pescenio Níger, y me puse a pensar de que sin AnaP, aparte de que estaría bastante menos consternado acerca de ese futuro ya no muy lejano, sería probable que estaría yo hecho todo un marrano, conducido a ese peso, primero por mis pésimos hábitos alimenticios, y segundo, pues por… igual, mis pésimos hábitos alimenticios, porque echarle la culpa a mi herencia genética es como un presidente echándole la culpa de todos los males a administraciones pasadas.


La cosa es que hace como seis meses se descubrió (léase tipo ‘se descubrió la penicilina’) el que gracias a mis triglicéridos, mi sangre navega como de segundo piso en viernes de quincena en pleno diciembre a través de mis venas, por lo que llevo meses comiendo «decente», es decir, eliminando pan, queso, y embutidos de mi alimentación, e igual despidiendo la cerveza y el vino de mi dieta, cosa que ni es divertida ni va en acorde con mis lecturas acerca de los emperadores romanos que eso sí, muy invasores, muy ‘vamos a aniquilar a nuestros enemigos’, pero nada de andarse fijando en los niveles de glucosa y colesterol en sus torrentes sanguíneos.


Así que hoy en la mañana fui al laboratorio para que me sacaran sangre para hacerme un nuevo análisis porque andamos (…andamos… yo y mi personalidad adictiva) medio devotos a mis números corporales, y con eso de que me fui caminando a la clínica, llegué bastante sudado a pesar de que eran las siete y media de la mañana porque el calor acá ya está del nabo, y bueno, con todo y arribar a la clínica perlado con una muy poco atractiva capa de sudor, la señorita de la clínica me dijo que me veía muy bien. «Se ve usted muy bien» me dijo, «para sus casi sesenta años» cosa que subió la moral, pero no tanto, porqué pues… sesenta. Pensé que era rudeza incensaria la de la enfermera. Agregó, la mujer mientras introducía la aguja en mi brazo, el que su mamá tenía mi edad, cosa que no supe si me deprimió más porque la enfermera ya no se veía como que se cocía al primer hervor, y bueno, ni modo de quejarme con la aguja conectada en mi brazo derecho chupando sangre cual mosquito de cementerio. Claro que, pensé, cualquiera se ve bien comparado con la mujer que esperó junto a mi en la sala de espera, quien a todas luces no le dedicaba mucho al ‘comer sano’, porque sus brazos eran como del doble de los míos con todo y hoyuelos en el antebrazo, cosa que (a mi gusto particular) en las mejillas son atractivos los hoyuelos, mas no necesariamente en el antebrazo. «Ahora que ya eres mayor puedes decir lo que quieras, así sin filtro» me dijo AnaP cuando le platiqué, «le hubieras dicho que ella también se pusiera a caminar, digo, para que se cuide», pero no dije porque pues allí estaba la multicitada jeringa aun enterrada en mi brazo.


Lo curioso es que hoy en la mañana también se publicó un artículo en The Guardian, de Tim Dowling, quien escribe acerca de once cosas que ha notado suceden ahora que ya esta(mos) por llegar a los sesenta años de edad. Dice, entre otras once cosas, que no es falta de memoria la que tenemos los de mi edad, sino la cantidad de memorias empacadas dentro de la misma masa cerebral de cuando éramos adolescentes. Estoy seguro de que mis compañeros nerds del Edron sacarían alguna fórmula con muchas equis, integrales y cubos para demostrar el dicho, pero para fines prácticos, el señor Dowling escribe que ahora tenemos mas memorias atiborrando la misma área, por ejemplo: escenas de la Top Gun original viviendo justo al lado de la receta de albondigas a un lado de mi primer beso justo al lado de la vez que se llevaron a Freddy a la dirección para que la Sister Ellen le diera su spanking’, justo a un lado de la parte del cerebro tratando de acordarse de la letra de la canción ‘María’ de ‘La Novicia Rebelde’ que por alguna razón vive mezclada con la dramática letra del himno de la Liga Olmeca. En fin, lo que quiere decir, el señor Dowling, es que a esta edad tienes muchas más cosas navegando adentro de tu misma materia gris que cuando eras adolescente, y que esa es justo la excusa para andar repitiendo preguntas y observaciones, volviendo así loco a tu hijo mayor preguntándole mil veces si le gusta o no, la nueva Ford Bronco.


El periódico virtual de The Guardian lo tienen configurado de tal manera que cuando lees un artículo, los algoritmos te sugieren artículos "semejantes" del mismo periódico, así que terminé leyendo uno acerca de como ser más positivo en la tercera edad, y otro de como mejorar tus “relaciones íntimas” a esa edad, que vaya, está bien, pero la verdad es que aun no estoy en la etapa donde me interese ver una foto sensual de Sara García, ‘la abuelita de México’ en el rodaje de Los tres Garcia.


De lo que no me queda duda es que, si tengo suerte, llegaré donde ahora andan los miembros de nuestro ilustre consejo, lleno de planes y proyectos y de una que otra memoria.