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  • Miguel Esteva Wurts

vudú



Creo, sin poder jurarlo, que una imagen de mi persona se convirtió en ‘tendencia’ en alguna celebración vudú en Puerto Príncipe.

Ya me tenía amenazado, pero el lunes en la tarde, en viendo el incremento importante del barril en el que se ha convertido mi cintura, Nico decidió el que tenía que ponerme a hacer ejercicio junto con él. En la clase de gimnasia del Junípero le llamaban calistenia: lagartijas, sentadillas, cuclillas. Casi medio siglo después, mi cuerpo las bautizó como, güey, no mames.

Hoy es jueves. Desde el lunes en la noche, cada movimiento corporal me despierta. Calistenia. No mames.

Lo increíble es que ayer en la noche entrené a mi subconsciente (Bob) a que a pesar del dolor, no debía despertarme por completo cuando mi cuerpo solo buscaba un cambio de posición. Lo estoy considerando como una de mis grandes proezas: en pleno sueño visualizar, sin despertarme al cien, una nueva posición en la cual quedarme dormido y en un solo movimiento, acurrucarme sin despertarme. El dolor de hombros, piernas, barriga, es momentáneo, le expliqué a mi subconsciente (Bob), el placer de quedarme dormido casi de inmediato después de encontrar esa nueva posición, será una de esas cosas que me llevaré orgulloso al más allá. Será mi carta de presentación en el siguiente mundo. Chéquense, les diré a San Pedro, Lucifer o a las no-sé-cuantas vírgenes que me estén esperando en el más allá, nomás para que no me anden presumiendo quesque Newton y sus tres leyes, Cervantes y su Qiujote, o este otro güey con su quesque cuarta transformación.

Ayer miércoles en la tarde Nico me dijo, anda Pa otra vez, cosa que si pudiera moverme se lo agradecería, pero la cosa es que a mis brazos no les exprimí ni una sola lagartija adicional. Ni una. No importa Pa, me dijo. Lo substituyó con otros ejercicios. El dolor es intenso. La satisfacción de presentarme ante San Pedro, Lucifer o las no-sé-cuantas vírgenes, con el abdomen plano, será mi gloria eterna.



Viernes en la mañana. El gusto de no despertarme con cada movimiento me duró una noche. Por presumido, diría Bob, mi subconsciente. A carcajadas se rió de mí cuando hice alarde ayer de que no me despertaba al cien en cada movimiento nocturno. 3:17am. Me despierto por enésima vez, me doy cuenta de que tengo que moverme, de que mi barriga (en este punto barriga, espero que en el Valhalla sea abdomen) está entumida, mis hombros son carne viva, mis muslos duelen nomás de imaginarlos. Cambiar de posición implica pensar desde antes el movimiento, que me lleva a pensar en Ed Carter, nuestro maestro de matemáticas en el Edron, sus lentes de John Lennon escondiendo su mirada de que ya-hace-rato-se-me-agotó-la-paciencia, dibujando triángulos en el pizarrón, hipotenusas, tangentes y demás ángulos. Intento mover mi cuerpo de ballenato encallado de un solo golpe. El dolor es agudo, como el ángulo o el acento tónico. Veo el reloj otra vez. 4:23. Por lo menos dormí un rato, pienso. Me enojo por ese hábito de ver la hora cuando me despierto, me prometo el no volverlo a hacer. 4:33. Dura poco mi resolución. Necesito mover mi cuerpo otra vez, cambiar de posición. Pienso en Dracula, en momias, en elefantes echados intentando levantarse, me meso cual paquidermo rumiante para moverme, encontrar posición. La vejiga decide entrarle al juego. Levantarme o no, esa es la pregunta. Mi vejiga recomienda Huggies. Bob se niega. Yo también. De regreso del baño, en la obscuridad calculo la distancia a la almohada para atinarle, no tener que moverme otra vez. Erro. Otro movimiento es necesario. 4:51. Con la sobremordida que tengo, juego con mis dientes buscando nuevos recovecos dentales con los cuales entretenerme. Pienso en problemas, los hago bolita y los hago más enormes porque pues eso es lo que se hace con ellos a las cuatro con cincuenta y uno de la madrugada. Dudo: me bajo, me quedo. Pienso en The Clash. A veces, cuando me bajo al sillón a intentar terminar de dormir, leo un rato, me entra el sueño. A veces. Me quedo en la cama. Escucho los ronquidos de Chorizo, los suspiros de AnaP. Si los muevo tantito, mis muslos arden. Me quedo quieto. Pienso en las estatuas de marfil. 6:04am. Rosita. Llega a despertarme. Es un encanto, pensamos hace dos años la primera vez que nos despertó a estas horas. Monada de gatita, de veras, que linda que nos despierta, solo quiere estar con nosotros. Eso fue hace dos años. Ahora, cuando nos acordamos, cuando la encontramos antes de subirnos a dormir, la guardamos en su camita en la alacena. Si no la encerramos, me despierta a las seis. Sin falta. Es tu gata, me gruñe AnaP. Un encanto de gatita. Monada. De veras. 6:11. Ya estoy acá abajo, café en taza, computadora encendida. Me duele mi abdomen. Barriga, pues.

Escribo acerca de que una imagen de mi persona se convirtió en ‘tendencia’ en alguna celebración vudú en Puerto Príncipe. Son de esas cosas que se saben. En la barriga se siente.