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  • Miguel Esteva Wurts

el súper


Acá, voy mucho al súper. Ni cómo negarlo. Varias veces por semana, de repente me encuentro en la hilera nueve empujando el carrito pensando si es que necesitamos más jugo de toronja, o tratando de acordarme si es que ya se nos acabó la mantequilla.

No puedo evitarlo. He intentado, pero nomás no puedo ser más organizado, ser de esas personas que llevan una lista enorme de sus víveres faltantes y cumplen con sus obligaciones semanales de atiborrar sus carritos y sus alacenas con suficientes provisiones cómo para subsistir una prolongada crisis apocalíptica. Pero yo no estoy armado así. Algunas veces siento que en otra vida fui abarrotero, tipo el papá de Manolito el amigo de Mafalda, porque me siento a gusto cuando estoy rodeado de latas de conservas, envases de todo tipo, recogiendo los aromas de la fruta y verdura, o congelándome en la pescadería.

Pero AnaP no lo ve así. Ella es mucho más practica que yo, y eso de tener que ir al súper más de una vez a la semana (o más de una vez al día) le parece grotesco, un verdadero gasto de tiempo y no entiende esa compulsión que me lleva a estar parado en el cajero de quince productos o menos, pagando por el pan de caja que hacía falta pero que bien pude haber conseguido en mi ida anterior. Creo que los Dioses del Walmart confabularon en mi contra cuando nos mudamos para acá, y me pusieron un par de tiendas de autoservicio -ninguna de las dos es Walmart- a menos de cinco minutos de distancia, una tentación semejante a la que pudiera tener un Inquisidor siendo vecino de Hogwarts. Y vamos con tres adolescentes, un perro, una gata y dos adultos que comemos cual si todas las comidas fueran nuestra última cena, esto de poder treparte al coche e ir por los chayotes, chorizo y el la mermelada es una compulsión. Regresar a la casa de donde sea, cargando cuando menos una sola bolsa de súper con solo cinco productos, por alguna extraña razón, quizá ligada a mis ancestros recolectores y cavernícolas, me hace feliz.

En San Miguel Regla, justo afuera de casa de mis papás, estaba la Miscelánea de La China. Exactamente el porqué del mote de “La China” a la propietaria del inmueble me es un misterio, porque vamos, son no sé cuantos bonches de chinos viven en la tierra de Mao, pero “La China” no caía dentro de ningún estereotipo con los que asociamos generalmente a los habitantes de ese país. En las pocas ocasiones cuando “La China” no atendía su changarro, lo hacía su pareja, un hombre de canas, de bigote triste, y cara de que preferiría estar dormido, que se pasaba los días sentado afuera de la miscelánea viendo pasar el día, sentado en un banquito de madera, de esos que no tienen respaldo y cuya función original era el ser escaleras por lo que asumo que muy cómodo, así, muy cómodo, no estaba. A partir de cierta hora de la tarde, aparte de ser expendio de latas de rajas rojas San Marcos y de frijol de La Sierra, la tienda se convertía en bar de chelas, de cubas y de pulque. Para cuando oscurecía, ya había tres o cuatro de sus parroquianos recargados en contra del mostrador, apoyados en el estante de madera empolvada para no desplomarse. Hay que aclarar que como bar, la miscelánea de La China tampoco era muy emocionante, no era de cadenero ni de luces ni de chicas en minifalda. Había un solo radio, un aparato portátil de esos Panasonic rectangulares con antena de conejo, colocado en una esquina detrás de donde atendía La China, sintonizado a una estación de Pachuca de música ranchera que gracias a la ubicación de la tienda, de vez en cuando se mezclaba con la hora de los Beatles. El piso de cemento no estaba pegajoso de las bebidas desparramadas por los comensales gracias a que el fuerte de La China no era la limpieza, y el polvo se encargaba de cubrir el azúcar de las bebidas. Para cuando nosotros llegábamos los viernes en la noche, el ir por las tortillinas Tia Rosa o por las cervezas que nos hicieran falta, era el encontrarse con los ojos vidriosos y perdidos de esos tres o cuatro personajes, vaso de plástico en mano, mismos que nunca vi cruzando palabra, todos ya igual de mal sintonizados que el Panasonic. Por supuesto no sé si mis visitas a la miscelánea de los viernes en la tarde fueran motivo de conversación, algo no más enredado que “ya llegó el güero que se lleva las Dos Equis” pero creo que más bien, estos hombres, después de estar todo el día bajo el sol, ya fuera por andar persiguiendo a sus vacas o de andar construyendo topes en la carretera, lo último que querían era el tener que entablar conversaciones con respecto el güero que venía a pasar el fin de semana a tierras Hidalguenses a casa de sus papás.

Así como el esposo de La China, hay veces que me visualizo pasando el resto de mi existencia afuera de una miscelánea o de un café, viendo pasar la tarde, lo que mi amigo Buca diría es hacerla de Argentino. Me veo afuera de una tienda de abarrotes, Dos Equis en mano, sentado, hundido en mis pensamientos, observando el paso de la gente, sabiendo que no hay cosa más importante que hacer que estar haciendo justo eso, ver pasar el día y que todo lo demás pasa a segundo plano.

Eso haría, solo que hacen falta croquetas para la gatita y hay que ir al súper.