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  • Miguel Esteva Wurts

El jardín del gigante egoísta


Tengo una relación de amor/odio con mi jardín acá en Tejas. Con esto de que ya llegó la primavera, hay que pasar la podadora casi cada semana, barrer toneladas de polen amarillo acumulándose en lugares que ni al caso, y rociar herbicida intentando eliminar la “hierba mala” que, de dejarla, devora nuestro pasto sin tomar en consideración su costo. Los herbicidas vienen en distintas presentaciones y hay que ver el YouTube para saber aplicarlos, y no andar matando a la última orca del SeaWorld contaminando el agua de la ciudad. Todos prometen acabar con tréboles, dientes de león, bambúes, y, por supuesto, los hongos que brotan cual si los quisiéramos para las quesadillas.

La hierba mala le es fiel a su dicho: la que está entre los rosales hay que arrancarla luego luego, porque a la semana parece maizal; la que crece entre las piedras hay que arrancarla de gajo porque tienen el síndrome de creerse jugador de la Selección Alemana por su determinación; y la que crece en el cemento merece todo mi respeto por necia, aunque igual, la odio.

Eso si, al pasto por el que pagamos no se cuanto, hay que hablarle bonito, abonarlo y podarlo para que se digne crecer.

No como el jardín que teníamos en la Ciudad de México al cual nunca tuve ni que podarlo, ni matar hierba mala, ni cuidar el que, como sucede acá, de la noche a la mañana explote todo un bosque de bambúes suficientes para alimentar un ejército de pandas zombies del Apocalipsis. Un tapete verde rodeado por bugambilias y coronado con una jacaranda.

Claro que para eso estaba Pedro El Jardinero, quien, por ochocientos pesos cada dos jueves, escarbaba, cortaba, podaba y desherbaba desde que amanecía hasta que anochecía, y aparte le hablaba bonito a las plantas, cual psicoanalista de Woody Allen, para que reverdecieran sin complejos. Acá, le podríamos pagar a Amado, un Tico quien igual se cae de amable, y que por cuarenta dólares viene y, echo la mocha, poda el pasto. Cualquier terapia para las plantas cuesta extra, podar las ramas y desherbar ya ni se diga. Al final, mejor me echo el tirito de ordenarle a mis hijos que poden, mientras yo, por ser padre dedicado, cheleo’.

De niño, nunca se me ocurrió el que no todos tuvieran un jardín como el de casa de mis papás. Vamos, el jardín en casa de mis abuelos era igual de grande, el tamaño ideal para cascarear con mis primos los domingos en la tarde; en el de casa de mi amigo Freddy, en el Pedregal, seguro todavía hay un par de compañeros escondidos entre los helechos de cuando jugábamos escondidillas; y bueno, mis otros primos que vivían en el pueblo de La Ceiba, en Puebla, tenían a su entera disposición el enorme rancho de mi tío con todo y sus no-sé-cuantas cabezas de ganado.

Poco años más tarde, caí en cuenta de que no todos los jardines son iguales, pero igual pensaba «bueno, quienes no tienen jardín, jugarán en la calle o en el parque o en el patio de la escuela».

La cosa por supuesto, es intentar tapar el sol con un dedo: las calles son de los coches; los parques de los malvivientes; y los patios escolares son de cemento. Y de repente te das cuenta de que vives en una burbuja, que tu eres la excepción, que el jardín en casa de tus papás, de tus abuelos, es un privilegio inmerecido, y que por más que le pagues ochocientos pesos a Pedro El Jardinero y que lo trates bien, y le des de comer, y le regales tu chamarra vieja (pero favorita) porque ese jueves que trabajaba en tu jardín empezó a llover como luego llueve en la ciudad de México, y que a Pedro nunca le va a alcanzar para comprarse un metro cuadrado del jardín que cuida como si fuera un hijo, y que sus propios hijos asisten a una escuela pública donde ni a mi ni a José Antonio Meade, jamás se nos ocurriría ni acercarnos sin guarros, mucho menos el inscribir allí a nuestros hijos.

Por eso no voy a votar por Meade. No puedo. Me queda claro que habla re bonito y que debe ser rete inteligente: no cualquiera es economista y abogado y estudia en Yale y es Secretario de lo que “se le ofrezca al jefe” durante dos sexenios. Pero él vive en el jardín de casa de mi amigo Freddy (ok, no literal, no es de esos gnomos de adorno… creo….hmmm…); él sigue creyendo que todos juegan en ese jardín. Y lo peor es que mientras el juega en ese jardín, observa a Pedro, encorvado en una esquina, desherbando. Pero no le molesta. Mientras Meade juega, Pedro seguirá podando y cortando y pidiendo permiso para ir al baño o para comer. Y de ser electo, sé que así seguirá siendo, porque él, Meade, lleva dos sexenios en los altos círculos de poder y, peor tantito, sus compañeros de juego llevan ya casi un siglo pudiendo haber hecho algo, y la cosa para Pedro sigue igual.

Entiendo que Pedro ahora tiene teléfono celular, una tele, y que por eso hay quien argumenta de que “vive mejor”, de que ha sido un buen sexenio en términos económicos.

Ajá.

La pobreza, según la Ley General de Desarrollo Social se mide con varios factores: falta de acceso a salud, a seguridad social, a educación, a una vivienda de calidad y la falta de ingreso de las familias. La linea entre vivir en la pobreza y la pobreza extrema es nada, y para mantenerse como pobre y no como pobre extremo, Pedro no sé puede enfermar, su podadora no se puede descomponer. Según datos de la CONEVAL, más de 50 millones de mexicanos se encuentran enterrados en esa pobreza, 10 millones en la pobreza extrema. Según el último informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) 7 millones de mexicanos ganan el sueldo mínimo. Según el INEGI, casi 5 millones son analfabetas.

Por Pedro El Jardinero, yo por Meade no voto. Ni por él, ni por todos sus amigos.


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