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  • Miguel Esteva Wurts

Buc-ee's - y la marcha por el control de armas


El sábado pasado, aprovechando el “Spring Break”, nos trepamos a La Toyota y nos encaminamos al norte. La Toyota no es de esas camionetas enormes, más bien, es bastante mediana y por mucho que insistan los japoneses, la tercera fila de asientos está diseñada para acomodar a un par de pigmeos sin piernas, y nada más. Mientras mis hijos acomodaban sus maletas, me sentí cual Cristobal Colón zarpando del Puerto de Palos, arreando a sus marineros para que empacaran mas rápido la cajuela de La Santa María, y ellos con cara de «uts, ¿y porque es que no nos estamos yendo en avión?».

Pero Google Maps ya tenía nuestra ruta planeada y diseñada, y a mi, eso de viajar todos apelmazados en coche me parece el mejor de los planes. El espacio perfecto para ventilar, chismear y planear como conquistaremos al mundo.

Todo arranca en orden: La Toyota está limpia, aire en las llantas, tanque lleno. El iPad está cargada con El Hobbit y El Señor de los Anillos, no vaya a ser que mis marineros se aburran de ver el paisaje. Vislumbro que nuestros gritos de papás entusiastas de «miren el Mississippi», «¡chequen el arco de San Luis!» o «¡Chicago!» se enfrentaran a «’uts Pa, Frodo entrando a Mordor, o sea». Y los entiendo, es solo la decimosexta vez que han visto la trilogía completa.

Al salir de San Antonio, el tráfico de la I35 recuerda el juego de Froggie. Ya adentrados en una de las carreteras locales hacemos la obligada primera parada: que si el pipí, que si el café. Para quienes no conocen las carreteras tejanas y sus excesos, las estaciones de servicio Buc-ee’s, cuentan con por lo menos, y no exagero, 100 bombas de gasolina. Tampoco no es como si no hubiera más gasolineras, cosa de pedirle un deseo al Google Maps y aparecen otras como olores extraños en coches repletos de adolescentes. Pero el Buc-ee’s, se ha convertido en La Tierra Prometida para los automovilistas tejanos, excepto que en vez de un Muro de las Lamentaciones, cuentan con una tienda de alimentos, refrescos, playeras y cualquier porquería imaginable de las Made in China, que pudieron haber alimentado a Moises y a su tribu por un periodo más largo de lo que se tardó el Mar Rojo en partirse en dos. Cualquier madre estaría orgullosa de los baños del lugar que rechinan de limpios y, si no fuera por los usuarios que insisten utilizar las instalaciones hidro sanitarias para sus propósitos primarios, me tomaría mi cafecito allí adentro. Son esos baños los que te hacen agradecer el vivir en estas épocas. Vamos, no quiero ni imaginar el desastre que han de haber ido dejando la tribu de los israelitas al escapar del ejército del faraón, sin Imodium, papel higiénico, ni cloro. Lo único malo es que, a diferencia del desierto, Buc-ee’s está lleno a reventar.

Cual aventureros que somos, decidimos ignorar las indicativas de Google Maps y desviarnos a visitar la ciudad de Shreveport, en Luisiana, parte del territorio que los norteamericanos le compraron a Napoleón (Bonaparte, no el cantante) para que éste financiara sus guerras en Europa. Como entramos a Shreveport, salimos. La compra del territorio sucedió hace doscientos años y la única manita de gato que le han dado al lugar es construir unos enormes casinos pintados por el club daltónico local y decorados por alguien que le copio el buen gusto a Trump con sus tazas de baño en oro. Estoy seguro de que los pequeños hombrecitos que habitan Google Maps dentro de mi teléfono inteligente, se han de haber visto entre ellos con ojos de «uts’ ya ven, eso les pasa por no hacernos caso».

Luego me enteré de que la ciudad de Shreveport, tiene uno de los indices delictivos más elevados en los EUA.

Supongo que me quedé con la memoria romántica de estos viajes en coche que me recuerdan a cuando de chico, con mis papás, viajábamos del DF hasta San Antonio, los ocho amontonados dentro de la camioneta Renault R18 de mi jefe. En aquellos viajes, teníamos nuestras paradas obligadas: el desayuno en Querétaro, la machaca en García García, las donas en Laredo. Ya casado y con hijos, continuamos viajando en coche, Veracruz, del DF a la ruta Puuc, a Ixtapa pasando por la presa de Infiernillos, y por supuesto, también manejamos varias veces el trayecto entre México y Tejas. En este último trayecto, casi el último que hicimos en carreteras mexicanas, fue cuando fuimos asaltados cruzando Nuevo Laredo en nuestra minivan Toyota. Tuvimos la suerte de que a cincuenta metros del puente entre los países, un trio de asaltantes, quienes tuvieron la decencia de identificarse cual Zetas y de darnos un “password” para evitar futuros desencuentros con otros comandos de su mismo cuerpo delictivo en el resto de nuestro viaje, nos pararan, pistolas en mano, encañonándonos y apuntando a los bultos en los asientos traseros, que eran mis hijos dormidos. Fue mi culpa, lo acepto. Pensé que “los malos”, que en esos años tapizaban Nuevo Laredo, estarían dormidos a las cinco de la mañana cuando pasamos por allí. Sin importarles que había policías y soldados a, literal, tiro de AK47, nos bajaron tres mil pesos. Nunca más volvimos a transitar tranquilos por las carreteras mexicanas.

Este sábado 24 de marzo, acá habrá una marcha para promover el control de armas en los Estados Unidos, promovida por los estudiantes de la prepa en Florida donde hace un mes entró otro de esos locos a matar utilizando metralletas adquiridas legalmente. Soy Chilango, sé que cada vez que sucede una de estas tragedias acá, siempre pensamos “nches’ gringos locos” y le damos click al mouse para ir a la siguiente noticia. La cosa es que esas armas, como todo lo que produce este país, gotea hacía México y lo inunda, y ahora, la noticia de que se acribillaron a ocho en una pelea de gallos, o que en los primeros nueve días del 2018 se asesinaron a más de 200 personas, parece solo una nota más, no algo que nos mueva a hacer algo para solucionar el problema. Sí claro, hubo marchas con los 43 asesinado de Ayotzinapa, pero allí se detuvo la cosa. Igual que acá, la violencia continúa.

Fueron cerca de tres mil millas las que recorrimos en espacio de siete días.

«Estuvo loco nuestro viaje, ¿eh?» le pregunté ayer a mi hijo, el segundo, quien antes se había quejado de las distancias. «Sí, Pa» me contestó, «pero estuvo padrísimo».

No se exactamente que más quiera uno en la vida que una respuesta así.

Bueno, chance una parada en el Buc-ee’s.


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