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  • Miguel Esteva Wurts

Los muertos allá están (cuento)


Dicen que en México los muertos no mueren, que allí nomás se quedan, esperando el pozole y los tamales.

Acá, donde estamos, ni a eso llegamos.

Desde aquí, veo a mi jefa. Carga con su bolsa azul, la de la Feria Ganadera Chilapa 1996, de cuando yo era niño, de cuando hacían ferias. En la bolsa trae la comida, el cempasúchil, las velas, las cervezas. La chela es para mi jefe. Chelero de corazón, mi jefe. Su chela y sus Chivas. Con eso me basta para ser feliz, dice, aunque mis Chivas no ganen, a mi con tal de poder disfrutarlas en en la tele, ya con eso. Eso sí, que nadie lo molestara cuando andaba viendo un partido. A mi me tocó aprender eso. Pero así luego es cuando uno es el mayor, uno aprende por todos.

Mi jefa extiende el sarape que flota al suelo. Con las palmas de sus manos limpia la loza que está llena de hojas y de tierra y de flores secas del año pasado, y que ahora ya nada más son ramas viejas. Cuando todo está puesto, llegan mi jefe, los abuelos, mi hermana. Ella ya nació después de que me fui, la conozco solo de oídas. Se sientan, platican. A echar chorcha, como dice la jefa. Desde acá apenas los escucho. Mi jefa es la ruidosa, la que más se ríe, pero todos la acompañan. Todo parece causarles gracia. Los abuelos se ven bien, más jóvenes, más fuertes de lo que me acuerdo. Mi hermana es la única callada. Al grupo se le unen un par de tíos, hermanos de mi jefa, némesis de mi jefe, Americanistas ambos. No obstante, se saludan con afecto. Los tamales, como la cerveza, se consumen poco a poco: lo importante es la compañía, la chorcha.

Otras mujeres llegan con sarapes y flores iluminando el lugar. Hasta acá nos llega el aroma de las salsas y de los moles. Son pocos los chamacos los que visitan, y los que van, están vestidos de súper héroes, de princesas. Mi jefe, con su camiseta de las Chivas, los observa con desprecio. Para él, solo hay un uniforme.

Pero me concentro en mi familia. Acurrucados cual hormigas buscando calor. Hablan de cerca, se abrazan, se dan palmadas. El día se va así de pronto, pardea la tarde. Mi jefa se levanta. Entumida. De su falda sacude pétalos, hojas, tierrita. No llego a escuchar su voz, pero desde acá clarito que la veo diciendo “ándenles ándenles que luego se nos hace tarde” a la vez que se limpia las manos en su falda negra. Se ve cansada. Mi hermana se le acerca y la abraza fuerte, prensada de la cintura, con esa fuerza con la que solo los niños aprietan. Mi jefa inunda su cabecita con besos, lágrimas y muchos «mijita linda». Mis tíos aprovechan para hacerlo un abrazo familiar. Solo mi jefe se queda a un lado, esperando. Ni muerto quiere que lo vean abrazando a dos Águilas, aunque se arrima y les pone la mano al hombro.

Ya solos los dos, mi jefa lo persigna, rápido, antes de que él se le queje. Les cuesta desprenderse. Se aguanta la cara de lágrimas. Seguro que mi jefe le pide que rece por sus Chivas. Así es él. Todo para evitar que la jefa llore. Algo más dice, creo escuchar mi nombre. Silencio.

Dicen que en México los muertos no mueren, que allí nomás se quedan, esperando el pozole y los tamales. La bronca es que acá, donde nos amontonaron y aventaron, en una fosa detrás de cualquier cerro, en algún lugar ni cerca de aquí ni lejos de allá, no hay quien traiga tamales. Acá nomás estamos, debajo del zacate, esperando el día en que el viento nos arrastre a las estrellas.


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