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  • Miguel Esteva Wurts

Walkabout con papás helicópteros


El “walkabout” era el ritual que hacían los jóvenes aborígenes australianos en el cual eran sacados de su entorno familiar a caminar solos en medio del desierto australiano. Los niños, porque en realidad eran niños de entre diez a dieciséis años quienes emprendían esta caminata, eran obligados por los venerables mayores de la comunidad a irse por periodos hasta de un par de meses para que aprendieran a valerse por si mismos y a sus ojos, convertirse en adultos.

Hoy en día, te conviertes en adulto cuando American Express te concede la tarjeta plateada. Antes de ese evento, uno debe de intentar, como mejor pueda, sobrevivir durante ese angustiante periodo entre que solicitas la tarjeta y eres aceptado. Una vez que la recibes, puedes usarla para transformarte en uno de esos adultos venerables, yéndote al Tíbet a pasar un tiempo en retiro espiritual y así “encontrarte”. Yo mismo me convertiría en adulto venerable si pudiera pagar lo que cobran los monjes por el hospedaje, alimentación y demás amenidades.

Ya no existe tal cosa como el “walkabout” en Australia, y menos en estas sociedades donde la AmEx plateada brilla dentro de nuestras carteras. Ningún papá responsable se despide de su hijo de doce años y le dice “Ciao junior, nos vemos dentro de dos meses, si es que sobrevives…”. Aun así, si hubiera walkabouts, estos eventos ahora estarían patrocinados por Nike, Gatorade, Apple y Axe, para que los niños: 1) caminaran cómodos; 2) estuvieran hidratados; 3) pudieran seguir Snapchateando; y 4) olieran “bien” cada vez que hubiera un “walkabout happening” con los cuates.

Pero más importante que los patrocinios sería que todo el evento estaría supervisado, organizado, agendado y cuidado por los papás de los potenciales caminantes. Esto es muy importante, porque a comparación de las familias aborígenes, los papás modernos sabemos la importancia de que nuestro hijo esté siempre pegado a nosotros, bajo nuestra constante supervisión, en un ambiente controlado, entretenido, protegido, apapachado, conectado, cuidado y siempre con un ojo al futuro para que nos puedan cuidar cuando haya que cambiarnos el pañal a nosotros, los adultos venerables. Nos hemos convertido en Bernarda Alba con Minivan y celular. Es obvio que los papás aborígenes no entendían los peligros que acechan a los hijos en la actualidad, ya que los suyos sólo tenían que saber detectar arañas que, en el mejor de los casos, te dejan la piel cual mortadella justo antes de que dejas de respirar. Las mamás aborígenes no entendían que el vestirse con la marca equivocada, el no ver los programas de moda, el tener el celular equivocado, o el vivir en una colonia que de plano no era la apropiada, podía llevar a sus hijos a un ostracismo social difícil de sortear y de explicar en el diván del futuro terapeuta.

Todo esto viene a colación más que nada porque ayer domingo, mientras la hacía yo de Pep Guardiola en el partido de futbol de mi hijo de doce años, llegó una mamá como al minuto treinta de la primera mitad, a gritarme que por que no había puesto a jugar a su hijo “el tiempo suficiente”. No supe bien que contestarle, porque a mí, esto de la violencia tan directa no se me da, y menos cuando le ando pegando de gritos a mis defensas de que tienen que correr más rápido, o haciéndole notar al &/%$# árbitro que esta ciego porque no ve las faltas tan claras que comete el otro equipo.

Supongo que es complicado, como papás, el ver las fallas de nuestros hijos.

El niño en cuestión se ha convertido, tengo que admitirlo, en uno de mis jugadores favoritos. Eso sí, no entiende nada del futbol: más de una vez durante el partido se le olvida hacía que lado de la cancha tiene que patear el balón, como también se le olvida de que solo el portero puede usar las manos; le gusta robarle el balón a nuestros delanteros estrellas (y si es necesario, taclearlos); y, por más que le digo que se pare en tal o cual lugar de la cancha, él corre tras la pelota cual si no hubiera mañana. El corre. Y corre. Claro, a los pocos minutos me lanza miradas de que ya no puede ni moverse, de que tiene dolor de caballo y entonces se queda parado observando el paso del balón como quien ve peces en un acuario. Por eso lo dejo descansar. Eso si, él siempre con una sonrisa en la boca. Cuando lo mando a que juegue, sonríe; cuando le digo que tiene que salir y tomar agua, lo hace sonriendo y cuando el otro día, al terminar el partido, le dije que habíamos ganado porque él ni enterado, salió a abrazar a sus compañeros y a brincar a mi alrededor, feliz.

Las únicas veces que lo he visto angustiado fue cuando se le olvidó su botella de agua y su papá lo sermoneó de que no fuera chillón, de que en el fútbol no se necesitaba agua (textual), y bueno, la otra fue cuando su mamá terminó de gritarme de hasta lo que me voy a morir -aparentemente de nada muy prolongado, por suerte- y ella ya se había regresado a refunfuñar del otro lado de la cancha, y él me pregunto que de qué había sido todo eso con su mamá.

Quizá lo que tengamos que hacer como papás es alejarnos un poco, dejar que nuestros hijos vayan descubriendo sus habilidades, sus gustos y sus miedos por ellos mismos y no atiborrarlos con nuestra omnipresente presencia: dejar pues, que caminen un rato perdidos en el desierto.

A mi jugador le dije que no se preocupara por lo que su mamá me había dicho, que mejor se pusiera listo porque iba a entrar a jugar por el número catorce y que él nomás corriera tras el balón.

Me sonrió de oreja a oreja.

Lo digo, porque ese tipo de alegría ni con la American Express plateada se compra.


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