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  • Miguel Esteva Wurts

Mi equipo de fútbol ya ganó!


El sábado pasado gané mi primer partido como entrenador voluntario del equipo de “Soccer recreativo” donde juega mi hijo menor, de doce años. Un equipo ecléctico (tirándole a malo) en cuanto a las capacidades de los jugadores: desde los principiantes pero cuando menos interesados, hasta los que de plano se tropiezan sentados y que preferirían estar viendo como se seca la pintura en las paredes de su casa, que el estar persiguiendo un balón.

No obstante el limitado entendimiento del juego de los jugadores (uno insiste en llamarle puntos a los goles), debo jugarlos en todas las posiciones posibles. Las reglas me fueron restregadas por una de las mamás después de nuestro primer encuentro, “los niños” me dijo, “deben de jugar en todas las posiciones, durante plazos de tiempos iguales”. Lo de las posiciones, y por lo tanto, lo del parado sobre el terreno de juego, es complicado con mis mediocampistas -he encontrado que es la posición en donde menos estorban- uno de los cuales se para con los brazos cruzados a sus espaldas viendo la pelota y a los contrincantes pasar cual si hubiera comprado palco, niño el cual, mientras yo dirigía el primer partido sintiéndome Pep Guardiola, me llegó a preguntar si podía ir a acariciar las vacas que pastaban en el terreno de al lado. No tengo nada en contra de las vacas, éstas se veían lindas, bien alimentadas y desde donde estábamos, parecían estar limpias.

Aun así, era medio tiempo y el marcador aun no estaba tan abultado en nuestra contra. Quizá lo debí haber dejado ir a acariciar vacas. Llegó otro de mis mediocampistas, quien, cuando lo saque para reemplazarlo, educadamente me agradeció el haberlo sacado del juego que porque ya estaba empezando a cansarse y que la verdad, lo que a él le gustaba, así gustaba, era volar drones. Otro mediocampista, y reto a cualquiera del Real Madrid el poder hacerlo, recita de memoria la tabla periódica de los elementos -completa- con todo y sus pesos moleculares. De esto me enteraba mientras otro par argumentaba sobre quien era mejor, Batman o Superman aunque ya no escuché el “mejor para que”. Es complicado establecer táctica mientras tus jugadores discuten sobre Kriptonita. Como DT, simplifique la estrategia a patear el balón a la cancha del equipo contrario.

Siendo que esto es Estados Unidos, a las mamás les gusta exigir, y piden el que sus hijos jueguen cual Messi en apenas cuatro entrenamientos de hora y media con un DT igual de novato que ellos (yo). Una mamá, cuyo hijo teme al balón como los mortales tememos los Tweets de cierto mandatario, me dijo en un tono sin esbozo de ironía, que le gustaría el que su hijo aprendiera a driblar el balón. Por decente, quedé callado, sin explicarle que para driblar primero tendría que aprender a abrocharse las agujetas, pero bueno.

Pero el sábado ganamos y yo su DT, estuve a punto de hacer el ridículo enfrente de ellos y soltar un par de lágrimas cuando vi sus caras de felicidad, inclusive las de mis mediocampistas. Después de perder los primeros dos partidos por un marcador global de 14 a 2, yo estaba a punto de tirar la toalla, pero no puedo: mis pupilos han llegado a los entrenamientos (que en realidad es una vil cascarita) y a los partidos depositando su entera confianza entera en mi villamelona inexperiencia como líder.

A pesar de mi ineptitud como entrenador y su inexperiencia como jugadores, ellos ya se entregaron de aquí a que acabe la temporada, dándose perfecta cuenta de que todos navegamos en el mismo barco. Yo planeo las pocas estrategias que puedo, y ellos me han dado, a pesar de todo, su alma, corazón y vida en la cancha. Bueno, y sudor, también. Constato, por el olor a pre-adolescente cuando gritamos nuestra porra final, que también dan su sudor.

No voy a mentir, el juego que practican mis jugadores no es el “juego bonito”, es más bien, patear la pelota y correr tras ella intentando que el balón permanezca más del lado del equipo contrario que en el nuestro. Así, en nuestro saque de meta, nuestro portero pelirrojo irlandés se la patea a nuestro defensa, un autentico guerrero Apache, quien a su vez trata de esquivar a nuestros mediocampistas para que la pelota le llegue al güero teutón de la delantera o al mexicano quien resulta ser el hijo del entrenador.

En cuanto a raíces étnicas, culturales, y socio-económicas, mi equipo es un microcosmo de este país.

Los jugadores se ven unos a los otros como A, B o C: miembros de un equipo, unidos, un solo objetivo. En la cancha, no ven colores de piel, ni de pelo, ni de creencias sobre los super héroes, y menos se diferencian por el tipo de coche que maneja su papá. Las discusiones más acaloradas, sobre Star Wars, concluyen al momento en que pisan el terreno de juego.

¿Qué daríamos porque todo en la vida permaneciera tan sencillo?

Obvio, el comparar a mi equipo con el problema de la inmigración es súper sobre simplificar, pero ahora que el mandatario de este país desea intercambiar el destino de todos los Dreamers por su necedad de construir un muro que difícilmente servirá algún propósito, sin querer darse cuenta de que trafica con las vidas de niñas, niños, mujeres y hombres quienes lo único que desean es lo que al final del día todos soñamos: perseguir el balón de nuestra preferencia sin que nadie se fije en nuestra diferencias; reírnos un rato; disfrutar nuestra mutua compañía; y, si podemos evitar el que nuestros propios mediocampistas nos arrebaten el balón, meter un gol de vez en cuando.


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