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  • Miguel Esteva Wurts

Querido Calderón de la Barca: La vida no es un sueño


Por acá no termina de pasar uno para cuando ya llega el otro dejándolo a uno zarandeado por el viento cual mosquito en bodega de ventiladores, como esa marca de ventiladores y aires acondicionados que Trump hizo tan famosa que ni los mismos de la fábrica sabían si se quedaban en Indiana para quedar bien con Trump o se iban a México para ahorrarse una lanita y que total terminaron anunciando que tendrían que correr personal de su fábrica en Indiana para subsistir, gracias en parte, a la desaforada intervención del mejor negociador del mundo. Cuando digo de que parecen no terminar, me refiero a los huracanes, con Harvey y ahora Irma en puerta, aunque bien podría estar hablando yo de los plumazos de dictador que da Trump todos los días y que a todos nos tienen con los pelos de punta como si se tratara de uno de esos sábados en que mi mamá decidía que la casa tenía que relucir cual calva del Maestro Limpio y nos agarraba parejo a todos para darle. Puedo escuchar la queja de mi mamá: «sea usted menso, niño, esos eran plumeros no plumazos» que pa’l caso es lo mismo.

En la entrada del Museo del Papalote solían tener un “monstruo atrapa pesadillas”. Allí llegaba a los tres o cuatro años mi cachalote de quince, a aventarle sus dibujos a la panza del monstruo de papel-meché para que éste se los devorara. Me imagino que el feroz líder mexicano fue donde terminó aventando su teleprompter con todo y su quinto informe repleto de logros imaginarios y de sueños convertidos en pesadilla. Habrá aventado, a la panza del monstruo, junto con fotografías de Claudio X. Gonzáles, un papel con sus estadísticas sacadas de la manga como la de haber neutralizado a 107 de los 122 delincuentes mas peligrosos dejándonos la duda si habrá considerado dentro de los 122 al de la huelga de hambre, a nuestro muy mexicano Ghandi panzón, entre uno de los Mexico most-122-wanted. Todo apunta a que nadie en realidad sabe de donde sacó su lista y de porque fueron 122 y no, digamos, 3.1416 que si hablamos de números, a mi en lo particular me parece mas circular. Pero bueno, una de las pesadillas recurrentes de nuestro feroz líder debe de ser -aparte de que se le acabe el gel pa’l copete- la de Trump retachando a 800,000 jóvenes Dreamers (ya sé que no todos son mexicanos, pero entre que deciden de a donde dirigirlos, imagino acamparan en la pista dos del Benito Juarez) así de a trancazo. Lo bueno es que tendremos, así sin tener que invertirle nada al inglés en las escuelas, a un nutrido número de english-teachers en potencia. Claro que estos potenciales english-teachers confundirán a Jorge Washington con Miguel Hidalgo, pero mas importante, estarán mas desubicados cuando llegue el momento de gritarle el clásico ehhhhh al portero del equipo contrario cuando despeje el balón.

Acá, obvio, de lo que parecen tener miedo es que las siguientes Miss USA no sean güeras y oji-claras como le gustan al mero-mero (petatero) y a sus secuaces. Basta con echarle un ojo a las revistas del supermercado para concluir que las morenas no venden lo mismo, ni aunque tengan la dentadura perfecta. Y claro, aunque haya una que otra güera entre las que regresen al país («son “güeras de rancho”» diría la “gente bien” -de esas cuyas fotos aparecen los viernes en las páginas de sociales, esquiando en el Tibet y cazando al oso Kodiak en el Denali- pero aun así, que por mera humanidad (porque a pesar de tener la cabeza del nefasto sobrino del oso Yogi colgando encima de sus salas, la “gente bien” es muy humana) consideraron el darle empleo en sus casas blancas a uno de esos Dreamers, hasta que «es que, güey, ¿viste lo que piden? ¿mensual? ¿Neta? ¿Creerán qué siguen en Kansas o qué?») la mayoría de los Dreamers tendrán el color de piel que los rufianes en Charlottesville tanto temen.

El miedo. Ese es el meollo, ¿no? El tráfico del miedo. Desde lo veamos, nos enfrentamos a un maestro para infundirlo, ya sea en la mesa de negociaciones con otros países: “si no cambias el TLC te regreso a tus Dreamers” o hacia con los mismos norteamericanos: “ellos no son como nosotros, se tienen que ir”. Los que peor terminan en este embrollo, por supuesto, son gente como los Dreamers. Si ya de por si dormían en la cuerda floja temiendo que ICE se llevara a sus papás un miércoles a las dos de la mañana, ahora amanecen con que el único tapete de protección y bienvenida que tenían, gracias a Obama, se lo acaba de llevar los vientos huracanados.


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