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  • Miguel Esteva Wurts

Mi mamá me mima


—Te maldigo desgraciado. Muerta… descansando estaría sin ti.

Como de costumbre, mamá escupe sus palabras esperando que de alguna manera me hieran.

No lo hacen. Sus palabras, como sucedió con las tundas que me propinaba cuando yo era chamaco, no duelen.

A mamá la compré en uno de esos tugurios del centro de la ciudad, abarroterías vetustas y polvorientas en las que vendían de todo, de las que poco a poco han ido desapareciendo, remplazadas por esas grandes cadenas, adefesios enormes adornados con plástico reluciente, luces brillantes, y en donde comercian mercancía importada de China. La hallé -a mamá- arrumbada, dejada al olvido en una esquina de aquella tienda, entre trapos de cocina y líquidos de limpieza, con su carita de perro gruñón abandonado, su piel plagada de verrugas a medio reventar, y con esas matas multicolores de pelos que hasta la fecha le crecen desfachatadas desde la punta de su cabeza hasta las plantas de sus pies. Desde el momento en que la vi bajo la luz de neon blanco que zumbaba al compás de alguna tonada de Mocedades, la quise. «Esa será la mamá que a mi me mime» pensé.

Gruñó incoherencias todo el camino a casa.

Dirán que hice un error al escogerla, que me equivoque. Pensaran que quizá debí haber seleccionado una de esas mamás que todo lo resuelven con un beso, con una sonrisa y unas palabras de amor en respuesta a cualquier infracción; de esas que bendicen a sus hijos cuando salen a la calle, aunque solo sea para darle la vuelta al perro, o cuando menos una como la mamá del Pibe, con sus blusas entalladas y faldas tan untadas y tan cortas que dejan mucho para imaginar.

Debo admitir que tuve en mente al Pibe -y a su mamá- cuando hice mi elección. Culpo ahora mi visión de párvulo, corta y de escaso alcance, pues me veía amamantando, en lo que en ese momento me parecieron unos enormes pechos, hasta el hartazgo. No preví que ella se tapaba con toda clase de sarapes y harapos para esconder sus flácidas y raquíticas tetas que colgaban cual fruto de tamarindo de su esquelético tórax.

—Mi sueño… yo lo que quiero, lo único que deseo, es ya estar muerta— me repite mamá con esa voz que repta despacio, que parece escupida desde su esófago, —y viniste y me fregaste el sueño, el que tenía yo desde niña, el de estar muerta.

Todo cambia cuando habla de su sueño, sus ojos pierden enfoque y toda ella se suaviza al momento en que se visualiza tiesa y fría dentro de su ataúd: «Tiene que ser madera» me dice con una voz plagada de anhelo y lujuria «seis tablas de pino. De tercera. No necesitas mas de catorce clavos para unirlas» y como si necesitara recordarme, agrega, «y me entierras en el mismo vestido con el que enterramos a tu abuela, ¿me entiendes? El mismo». Se deleita aspirando el aroma a cadaver de aquel vestido, y sonríe imaginando el sonido de las paleadas de tierra cayendo encima de su féretro, «solo un par de enterradores» dice, «nadie acongojado. Ninguna de esas lloronas de pueblo, ningún primo lejano al que nadie conoce. Solo el par de enterradores platicando de otros asuntos mientras cavan el hoyo, que discutan de las Chivas o del Cruz Azul o que se yo».

Cuando abre sus ojos y me percibe a su lado, se sacude de su delirio.

—Pero tenías que llegar ¿no? ¿Qué esperabas de mi? ¿Qué fuera unas de esas que nomás te miman por tus ojitos azules? Suficiente hago.

Sé que en las tardes de lluvia me la voy a encontrar amenazando con escarbar entres sus cosas para localizar un par de navajas con las cuales cortarse las venas. Pero ambos sabemos que eso no sucederá. «Nuestro contrato» le recuerdo, y en ese momento sus lamentos se olvidan, dando paso a una variedad de insultos. «Si no fuera tu madre» me la refresca, «te la mentaría». Su ilusión de morir antes que yo me parece tierna, pero igual sé que es imposible, así lo estipula nuestro contrato.

Admito que lo mejor son las navidades.

Durante esta época su mal humor se trastorna provocando cambios físicos en su persona. Sus ojos se hunden por completo dentro de su craneo, sus labios se tornan a un amarillo color girasol que brilla en las noches y sus extremidades mutan: sus brazos se enjutan como si fueran los de de un tiranosauro y sus piernas adquieren el color, grosor y textura de las de un elefante africano. Apenas se da cuenta de su metamorfosis decembrina que se desliza cual araña fumigada, en medio de un asqueroso charco de su propia saliva, arrinconándose en una de las esquinas de su habitación, cerrando todas las cortinas y bloqueando los accesos de luz con sus minúsculos brazos.

Ahora río por supuesto, la arrastro fuera de la casa, la llevo al circo, la exhibo, lucro. En términos económicos, es mi mejor época, ni dudarlo, evidencia clara de que no erré al escogerla.

Aun así, a veces pienso que podría romper el contrato, liberarla por así decirlo, dejarla ir, decirle «anda mamá, ya muérete».

Pero luego caigo en cuenta de que una mamá es para toda la vida y que esta es la que me tocó, la que escogí, para bien o para mal.


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